Sumamente delicada. Así es ella.
Dormía plácidamente en su cama, de medio lado. Mientras ella la observaba, apoyando la cabeza sobre la mano. Estaba tapada hasta la cintura y dejaba ver su espalda, su piel tan pura y blanca.
Ell era su gran amor. Ahí, tumbadas las dos, se puso a pensar en lo mucho que le importaba. Jamás había sentido algo tan profundo por nadie. No se había dado cuenta, pero el paso del tiempo y su sonrisa habían terminado por enamorarla de una manera loca.
Tenía todo lo que ansiaba en alguien. Ella era perfecta para ella.
Siempre de buen humor, conseguía alegrarle cualquier día triste, con un entusiasmo y una vitalidad inconcebibles. Su inocencia particular aún seguía vigente en ella, aunque al mirarla de nuevo, le parecía estar viendo a otra mujer diferente. Y estaba orgullosa de haber podido compartir ese largo camino junto a ella.
La adoraba. La tenía encandilada. Para ella, ella lo era todo.
